¿Cómo meditar? (John Main)
Os transcribo la introducción y el primer capitulo de Una Palabra hecha camino, de John Main (Ed Sígueme, Salamanca 2016). Resalto en rojo lo que me parece interesante. John Main es un monje benedictino, que se centra en la repetición de una palabra "marahnata" (Ven, Señor) como método para enseñar la oración contemplativa. El texto os puede ayudar a meteros en este mundo fascinante y simple a la vez.
También lo podéis leer y bajar en pdf en:
Introducción
CÓMO MEDITAR
Siéntate.
Colócate con la espalda erguida.
Cierra suavemente los ojos.
Siéntate relajado, pero alerta.
En silencio, comienza a repetir
en tu interior
una única palabra.
en tu interior
una única palabra.
Recomendamos la oración
Maranatha («Ven, Señor»
Maranatha («Ven, Señor»
Recítala como cuatro sílabas
de idéntica longitud.
de idéntica longitud.
Escúchala mientras la pronuncias
suave pero incesantemente.
suave pero incesantemente.
Procura no pensar ni imaginar nada,
sea espiritual,
sea de otra naturaleza.
sea espiritual,
sea de otra naturaleza.
Si acuden a ti pensamientos o imágenes,
recuerda que son
recuerda que son
distracciones
en el momento de la meditación,
de modo que
en el momento de la meditación,
de modo que
vuelve simplemente
a pronunciar la palabra.
a pronunciar la palabra.
Medita cada mañana y cada tarde
entre veinte y treinta minutos.
entre veinte y treinta minutos.
* * * *
Cap. primero
DAR CULTO EN NUESTRO CORAZÓN
Lo más importante que hay que saber acerca de la meditación es cómo meditar. También tiene importancia –supongo– saber por qué es interesante meditar, pero en primer lugar debes saber qué hacer. Permíteme recordártelo una vez más, para que tengas las ideas claras al respecto:
Busca un lugar que sea lo más tranquilo posible. Por lo que se refiere a la postura, la norma básica es sentarse con el tronco erguido. Siéntate en el suelo o en una silla con respaldo, y mantén la columna vertebral recta. Cierra suavemente los ojos. Para meditar necesitas recitar una palabra; te sugiero esta: maranatha, que en arameo significa «ven, Señor» (1 Cor 22, 13; Ap 22, 20). Con sencillez, con suavidad, repite esa palabra en silencio en tu corazón, en las profundidades de tu ser. Repítela sin cesar. Escúchala como un sonido. Dila, pronúnciala con claridad en silencio, pero escúchala como un sonido. En la medida de lo posible, procura meditar cada mañana y cada tarde. Ten por cierto que nunca aprenderás a meditar si no lo haces todos los días por la mañana y por la tarde. Necesitas reservar esos espacios de tiempo, así de sencillo.
Busca un lugar que sea lo más tranquilo posible. Por lo que se refiere a la postura, la norma básica es sentarse con el tronco erguido. Siéntate en el suelo o en una silla con respaldo, y mantén la columna vertebral recta. Cierra suavemente los ojos. Para meditar necesitas recitar una palabra; te sugiero esta: maranatha, que en arameo significa «ven, Señor» (1 Cor 22, 13; Ap 22, 20). Con sencillez, con suavidad, repite esa palabra en silencio en tu corazón, en las profundidades de tu ser. Repítela sin cesar. Escúchala como un sonido. Dila, pronúnciala con claridad en silencio, pero escúchala como un sonido. En la medida de lo posible, procura meditar cada mañana y cada tarde. Ten por cierto que nunca aprenderás a meditar si no lo haces todos los días por la mañana y por la tarde. Necesitas reservar esos espacios de tiempo, así de sencillo.
Ahora bien, como cristianos, ¿qué significa para nosotros meditar? Consideremos este consejo de la Carta primera de san Pedro a los primeros cristianos: «No tengáis ningún miedo ni os turbéis. Al contrario, dad culto al Señor, Cristo, en vuestros corazones» (1 Pe 3, 15). Esta es la esencia de lo que los primitivos cristianos pensaban respecto de lo que significa ser cristiano.
Ellos sabían, al igual que nosotros, que vivimos en un mundo en continuo cambio, confuso y muy a menudo caótico. Y los primeros cristianos también eran conscientes de que el cambio, la confusión y el caos no solo se dan en el exterior de nosotros mismos, sino también en nuestro interior. De hecho, sabían, como nosotros, que la mayor parte de la confusión externa, en el mundo, ha sido provocada directamente por la confusión interna que reina en cada uno de nosotros.
Reconocían que el desafío humano permanente es encontrar armonía, orden y paz. Sabían que el desafío más importante consiste en hallar esos elementos en nosotros mismos. Habían descubierto también que, si podemos encontrar ese orden, esa paz, esa armonía y esa disciplina dentro de nosotros mismos, aunque buena parte de la confusión externa permanezca, ya no tendrá poder alguno sobre nosotros. Jesús habló de ello de la siguiente manera: «Cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos y se abatieron sobre la casa, pero no se derrumbó, porque estaba cimentada sobre roca» (Mt 7, 25).
Ellos sabían, al igual que nosotros, que vivimos en un mundo en continuo cambio, confuso y muy a menudo caótico. Y los primeros cristianos también eran conscientes de que el cambio, la confusión y el caos no solo se dan en el exterior de nosotros mismos, sino también en nuestro interior. De hecho, sabían, como nosotros, que la mayor parte de la confusión externa, en el mundo, ha sido provocada directamente por la confusión interna que reina en cada uno de nosotros.
Reconocían que el desafío humano permanente es encontrar armonía, orden y paz. Sabían que el desafío más importante consiste en hallar esos elementos en nosotros mismos. Habían descubierto también que, si podemos encontrar ese orden, esa paz, esa armonía y esa disciplina dentro de nosotros mismos, aunque buena parte de la confusión externa permanezca, ya no tendrá poder alguno sobre nosotros. Jesús habló de ello de la siguiente manera: «Cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos y se abatieron sobre la casa, pero no se derrumbó, porque estaba cimentada sobre roca» (Mt 7, 25).
Los primeros cristianos sabían por experiencia que Cristo es la roca. Más aún, él es el cimiento rocoso sobre el que cada uno de nosotros tenemos que construir nuestra propia vida. Sabían –porque lo experimentaban personalmente, al igual que nosotros hemos de aprender a la luz de nuestras vivencias– que Cristo es el principio vivo de armonía, orden y amor.
Eran conscientes, como nosotros, de que la armonía y el orden esenciales únicamente pueden basarse en el amor. Y sabían, al igual que nosotros, que cuando cimentamos nuestra vida en Cristo, como roca y fundamento, entonces estamos enraizados en la realidad misma. Entonces estamos tan arraigados en la realidad esencial que ninguna otra cosa tiene un poder decisivo sobre nosotros, ni siquiera la muerte. Porque estamos arraigados en el amor eterno, al que nada puede destruir.
Eran conscientes, como nosotros, de que la armonía y el orden esenciales únicamente pueden basarse en el amor. Y sabían, al igual que nosotros, que cuando cimentamos nuestra vida en Cristo, como roca y fundamento, entonces estamos enraizados en la realidad misma. Entonces estamos tan arraigados en la realidad esencial que ninguna otra cosa tiene un poder decisivo sobre nosotros, ni siquiera la muerte. Porque estamos arraigados en el amor eterno, al que nada puede destruir.
Ahora bien, el desafío que cada uno debe afrontar consiste en encontrar el camino que conduce hasta este cimiento que se apoya en roca. El reto que se nos presenta es hallar la forma de dar culto al Señor Jesús en nuestro corazón. A este respecto, Pedro añade: «En cuanto hombre, sufrió la muerte, pero fue devuelto a la vida por el Espíritu» (1 Pe 3, 18).
Justamente esto es lo que hemos de hacer: dejar de cimentar nuestra vida en el deseo de cosas que pasarán para, según afirma el apóstol, reconstruirla conforme a la voluntad de Dios. Para Pedro, cumplir la voluntad divina no consiste solo en practicar los mandamientos, sino en responder plenamente a nuestro destino, que es vivir con la vida de Dios en el Espíritu. Tal es el núcleo del mensaje evangélico, y es lo que, como cristianos, hemos de transmitir a nuestros contemporáneos si queremos ser fieles a la misión que Jesús nos ha encomendado.
Justamente esto es lo que hemos de hacer: dejar de cimentar nuestra vida en el deseo de cosas que pasarán para, según afirma el apóstol, reconstruirla conforme a la voluntad de Dios. Para Pedro, cumplir la voluntad divina no consiste solo en practicar los mandamientos, sino en responder plenamente a nuestro destino, que es vivir con la vida de Dios en el Espíritu. Tal es el núcleo del mensaje evangélico, y es lo que, como cristianos, hemos de transmitir a nuestros contemporáneos si queremos ser fieles a la misión que Jesús nos ha encomendado.
Vivos con la vida de Dios, en el Espíritu. Aquí radica la importancia de nuestra meditación diaria. Esta no es sino el retorno a la fuente de la vida, donde nuestro espíritu se sumerge por completo en el Espíritu de Dios, y vive plenamente con su vida y ama plenamente con su amor.
Nunca debemos contentarnos con menos. Como cristianos, no tenemos que ser conformistas, ni tampoco inconscientes ni derrotistas. En la misma carta, el apóstol Pedro nos pide que «llevemos una vida ordenada dedicada a la oración». Y a continuación nos exhorta a «amarnos intensamente unos a otros» (1 Pe 4, 7-8). Pero eso es algo que solo podemos hacer si estamos plenamente vivos con la vida de Dios. Esa es la razón de nuestra meditación: abrirnos a la realidad divina que está más cerca de nosotros que nosotros mismos.
Por tanto, el reto consiste en vivir la realidad que Cristo ha logrado para cada uno de nosotros, en cada uno de nosotros; vivir la vida fundados en la roca que es Cristo, vivos con su Espíritu, vivos con el espíritu del amor. Meditar cada día con fidelidad no es otra cosa que egresar a esa realidad suprema y abrirnos a ella.
Nunca debemos contentarnos con menos. Como cristianos, no tenemos que ser conformistas, ni tampoco inconscientes ni derrotistas. En la misma carta, el apóstol Pedro nos pide que «llevemos una vida ordenada dedicada a la oración». Y a continuación nos exhorta a «amarnos intensamente unos a otros» (1 Pe 4, 7-8). Pero eso es algo que solo podemos hacer si estamos plenamente vivos con la vida de Dios. Esa es la razón de nuestra meditación: abrirnos a la realidad divina que está más cerca de nosotros que nosotros mismos.
Por tanto, el reto consiste en vivir la realidad que Cristo ha logrado para cada uno de nosotros, en cada uno de nosotros; vivir la vida fundados en la roca que es Cristo, vivos con su Espíritu, vivos con el espíritu del amor. Meditar cada día con fidelidad no es otra cosa que egresar a esa realidad suprema y abrirnos a ella.
Al leer el Nuevo Testamento, sobre todo si lo hacemos con ojos iluminados por el Espíritu de Cristo que arde en nuestro corazón, quedamos fascinados, asombrados por el destino maravilloso que se nos ha concedido. Ahora bien, hemos de recordar siempre que la condición para estar abiertos y responder a dicho destino es la sencillez, la pobreza de espíritu.
Ello significa que se nos invita a renunciar a toda complejidad, a todo deseo de poseer a Dios o de gozar de sabiduría espiritual, y a recorrer la senda estrecha del desapego. Necesitamos fidelidad. Aprendemos a ser fieles solo a base de mantener la fidelidad a los momentos diarios de meditación y, durante estos, a la recitación del mantra.
Ello significa que se nos invita a renunciar a toda complejidad, a todo deseo de poseer a Dios o de gozar de sabiduría espiritual, y a recorrer la senda estrecha del desapego. Necesitamos fidelidad. Aprendemos a ser fieles solo a base de mantener la fidelidad a los momentos diarios de meditación y, durante estos, a la recitación del mantra.
A partir de tu experiencia de esta fidelidad concreta, considera de nuevo lo que dice san Pedro: «Sed sensatos y vivid sobriamente para dedicaros a la oración. Ante todo, amaos intensamente unos a otros, pues el amor alcanza el perdón de muchos pecados. Practicad de buen grado unos con otros la hospitalidad. Cada uno ha recibido su don; ponedlo al servicio de los demás como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios. El que habla, que lo haga conforme al mensaje de Dios; el que presta un servicio, hágalo con la fuerza que Dios le ha dispensado, a fin de que en todo Dios sea glorificado por Jesucristo, a quien corresponden la gloria y el poder por siempre. Amén» (1 Pe 4, 7-11)
Cumplimos nuestro destino, lo que en lenguaje cristiano es nuestra vocación, glorificando a Dios en todo lo que hacemos. Pero esto solo es posible de una forma realista si glorificamos a Dios en todo lo que somos. La meditación nos conduce hasta esa unidad en la que vivimos en plenitud y damos gloria a Dios, reflejando su propia gloria sencillamente siendo lo que somos, ahora.
John Main


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