Autocompasión

Aquí tenéis el tema que tratamos en la última reunión. Espero que lo podáis entender y asimilar bien. Ser compasivo con uno mismo es esencial para el crecimiento espiritual.
 

 
“Un doctor de la ley le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?». El le dijo: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente». Este mandamiento es el principal y primero.  El segundo es semejante a él: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo»” (Mt 21,35-39).  
 
Encontramos aquí tres mandamientos que se complementan mutuamente y cuya conexión no debe romperse si se quiere ser fiel a la totalidad de una ida amorosa. Se trata de “amar a Dios” (que está sobre ti, encontrarte-conocerte en Dios), “amar al prójimo” (que está junto a ti, encontrarte-reconocerte  en el rostro del prójimo) y “amarte a  ti mismo (conocerte-reconocerte  tu ser interior).  Comentamos aquí la tercera dimensión, sin perder de vista la imbricación necesaria entre las tres.
 
Quien no se ama a sí mismo no puede amar al otro ni a Dios; quien no ama al prójimo muestra su rechazo a Dios y su poco amor a sí mismo, y quien no ama a Dios (entiendo que quien vive el amor como valor esencial cree en la trascendencia, “Dios es amor”) es incapaz de amar al prójimo y de conocerse y amarse a sí mismo. Comentamos hoy la importancia del amor a uno mismo.

 
CONTEMPLARSE Y AMARSE  UNO MISMO
(Autocompasión)

Cuando te invitan a “compadecerte de ti mismo” lo primero que aflora es la idea de sentir pena y lástima de ti;  todo lo contrario de lo que pretendemos al hablar de  autocompasión.  
La palabra lástima, que en su significado etimológico viene a ser “sentirse lastimado por el sufrimiento del otro”, ha perdido fuelle hoy y suele entenderse como una lágrima que se vierte a distancia de la realidad que la causa, una reacción puramente sentimental y pasiva, que no ayuda a crecer al que sufre ni al que siente lástima por él. Además, a la lástima le suele acompañar el sentimiento de superioridad del quien la siente.  Así, pues, compasión no es lástima, al menos en este sentido tan farisaico.

Hay otros conceptos, mucho más de moda hoy, y que se solapan con el de  compasión, como son el de empatía (percibir el mundo propio del otro como mío; soy compasivo cuando percibo el dolor del otro), simpatía (identificación de mis sentimientos con los del prójimo), altruismo (ayuda al que sufre, aunque esta a veces no va acompañada de un compartir realmente el dolor del sufriente).
 
 Tampoco el concepto tan de moda de autoestima sería autocompasión; la sana autoestima es uno de los frutos de la autocompasión, pero creo que  ésta es mucho más, porque a la autocompasión la entendemos como amor a ti mismo, pero no de una manera solipsista sino englobada desde el amor de Dios y del prójimo;  no olvidemos el enlace necesario de los tres amores.

¿Cuándo necesitamos autocompasión? La necesitamos cuando vivimos en dificultades, cuando nos percibimos “un desastre”, cuando nuestros proyectos y “quereres” hacen agua y nos invade el sentimiento de fracaso. “¡Qué tonto soy!”, “Soy un idiota irredento!”, “¿Quién puede querer a una persona como yo, tan inútil?”…
 
Necesitamos compadecernos de nosotros mismos cuando las cosas nos salen mal, cuando –al decir de un amigo mío muy entrañable y plástico en sus descripciones de las cosas del espíritu- “padezco diarrea mental y perforación psicológica”, es decir: ¡mi mente está embotada y  todo me sale hecho una mierda! –con perdón.
 
Es entonces cuando comienzan a fraguarse en mí unas reacciones nada aconsejables: autocrítica feroz, vergüenza de existir y vivir que me lleva a aislarme de los demás (¿quién me va a querer a mi?) y obsesión por la propia miseria e insignificancia (el rechazo de mí mismo crece más y más alimentado por mis ideas  pesimistas sobre mí mismo; una especie de autotortura).
 


Trabajar mi autoestima (psicología)

¿Cómo salir de este bucle de negatividad al que me lleva al odio a mí mismo? Lo primero es ejercitarme en al “amor a mí mismo”, darme ánimos y mucho cariño cuando las cosas no salen como yo quisiera; los errores son una oportunidad para aprender el camino del acierto;   el único gran error es darte por vencido. Además, no olvides que a la lista de los derechos humanos le falta uno: “toda persona tiene derecho a equivocarse”. Tampoco huir de los demás y esconderte por tu baja consideración personal te ayudará a crecer espiritualmente.
 
Y, por supuesto, a nada conduce el enrocarte en una obsesión lastimosa sobre ti mismo; para evitarlo es esencial la contemplación, es decir, la observación objetiva de ti mismo; no olvides que la meditación te ayuda precisamente a observarte “desde fuera” como observador observado, con lo cual te preparas también para compadecerte-amarte, para quererte tal como tú eres.  

La experiencia demuestra que  la pedagogía que funciona con los demás también funciona con uno mismo. ¿Crees que el mejor modo de educar y hacer crecer a una persona es el camino de la comprensión y el perdón por sus errores? Pues lo mismo ocurre contigo mismo. Si eres duro contigo acabarás hundiéndote más y por inercia hundiendo a los que te rodean. Si te muestras comprensivo con tu yo, aceptando sus limitaciones, te volverás más humano con todos.
 
No olvides analizar y comprender que todas tus salidas de tono contra el prójimo tienen de fondo un rechazo de algo en ti mismo, una insatisfacción. El niño caprichoso que hay en ti se odia a sí mismo, y no solamente se autodestruye con su desprecio, sino que vuelca toda su energía negativa en el entorno.
 
Contempla a un toxicómano o a un alcohólico violentos, ¿no ves cómo toda su violencia es fruto de su frustración personal? Sus fracasos a la hora de liberarse de esas drogas le hunden cada vez más, y su locura les vuelve agresivos, ¿Comprendes ahora cómo debes amarte a ti mismo y lo necesario que es para poder amar al prójimo?
 
Cuando el sufrimiento viene luchamos contra él, pero es fácil confundir la pena  y el dolor con la propia persona. De este modo, cuando nos autocondenamos sin concedernos la más mínima justificación, cuando nos infligimos el castigo que creemos que merecemos como culpables sin concesiones a la autocompasión, cuando luchamos contra nosotros mismos, cuando no sólo nos sentimos mal sino que nos convencemos de que somos malos por naturaleza, entramos en un bucle de autodestrucción irremediable. Sin autocompasión no hay posibilidad de cambio a mejor.
 
 
¿Qué pasaría si dejo de autocastigarme? ¿Cómo cambiaría mi vida si mi visión acerca de mí fuera más positiva? Hay quien se empeña en ver en la autocompasión una puerta al libertinaje, como si la autoindulgencia fuera un vicio capital que corrompería toda posibilidad de reforma. Y sería así si la tomáramos como una justificación barata de nuestros desmanes.
 
No se trata de dejar de luchar contra  lo que de negatividad hay en nuestro ego, sino contra la vergüenza, la pena, el miedo, la desesperación de nuestro yo. 

Se trata de tomar conciencia de que a veces nos sentimos mal a causa de nuestro modo de vida o del modo inadecuado de enfocarla, pero –y esto es importante-  no somos malos por naturaleza.
 
Los errores y fracasos me pueden dañar, pero yo no soy mi ego fracasado, yo no soy el “personaje” que  represento, soy algo más grande y valioso. Puedo “fracasar en algo”, pero nunca debería decir que “soy un fracasado”; soy lo que soy, y a los ojos de Dios tengo más valor que la más valiosa perla.
Amarme como Dios me ama (teología)

Y, mencionando a Dios, entramos en consideraciones de fe. La fe cristiana nos da el citado mandamiento de «Amarás al Señor tu Dios … y a tu prójimo como a ti mismo»”.   Y el “como a ti mismo” está íntimamente entrelazado con el “a Dios y al prójimo”.  Para garantizarte el “amor a ti mismo” (autoestima, valoración justa), si eres creyente, tienes el “Amor de Dios”.
 
En las últimas décadas del siglo XX se hizo muy famoso el icono de la sonrisa (J) con el eslogan “Sonríe, Dios te quiere”. Basta ser consciente de esto para crecer en la consideración adecuada del propio valor. Lo sorprendente es que “Dios te quiere” a pesar de tus fracasos.  “Cuando nosotros estábamos aún sin fuerza, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; ciertamente, apenas habrá quien muera por un justo; por una persona buena tal vez se atrevería alguien a morir; pues bien: Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros”. (Rm 5,6-8).
 
Tu  amor puede fracasar, pero el amor de Dios no fracasa en tí. Contempla esto. Es el mejor antídoto ante la depresión y el desprecio que se puede sentir por uno mismo. Si Dios está contigo, ¿Quién contra ti? ¿Tú? ¡No! (cf Rm 8,31).
 
Tal vez te parezca arduo de entender, pero si contemplas una estampa de la pasión  (flagelación, coronación de espinas, Ecce Homo, cruz a cuestas, crucifixión…) con ojos de fe, tomando conciencia de que Dios ahí te está amando (“por ti paso por esto”), puedes  llegar a intuir lo que vales a los ojos de Dios, y desde ahí sorprenderte de tu valor a pesar de tus fracasos. Para salir de ellos Dios te da su amor, no su reproche. ¿Por qué no hace tú lo mismo? Mírate a ti mismo con Jesús y ámate como Él te ama.
 
Es mejor amarte que odiarte. Dios te ha hecho a su imagen, y “Dios es amor”. Tú también eres amor. Estás llamado a amar, pero ¿cómo vas a dar lo que no tienes? ¿Cómo amar a mi prójimo si no me amo a mí mismo? En tu propio yo puedes amar a la humanidad o despreciarla. El rechazo de tí mismo te lleva al rechazo del prójimo y de Dios, la confianza  en ti mismo te conduce  a confiar en los demás y en Dios.  Quien se ama a sí mismo enciende la lámpara del amor, se hace amor, “es amor”, como Dios, que es amor en su mismo ser  y hace partícipe de su ser a todo lo creado.  
 
Más que para “tener y dar” amor, no olvides que “eres amor”. Ese ser es el diamante que llevas dentro, la luz que ha de iluminar tu vida. La oración contemplativa te ayuda a entrar en tu morada interior,  a ir desasiéndote del ego que te impide verte como imagen de Dios, a adentrarte en la fuente interior de la que brota todo amor: Dios en ti y tú en Dios.  ¿Puede haber mayor motivo para amarte y amar?
 
 
* * *
Contémplate, pues, y deséate todo lo mejor, como Dios te lo desea. Dios te ama, ¿te vas a despreciar tú mismo? Acércate a su amor e iras comprobando cómo tú mismo te percibes como más amado y más amable.  
 
Casto Acedo. Marzo 2020 

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