Humildad (Tema 13 de Mayo)
Habíamos aprendido que para Teresa las virtudes más importantes que deberían trabajar sus hijas eran el AMOR de unas con otras, el desasimiento (POBREZA), y la HUMILDAD, que es la más importante y abarca a las otras dos. Hoy comentamos esta virtud: la humildad. Lo hacemos en tres pasos. Primero exponiendo brevemente el tema de la "honra" en la vida y los escritos de la santa; luego comentamos la gran relación que hay entre humildad y silencio, para terminar apuntando algo sobre la importancia de la contemplación de Dios para alcanzar humildad. Si humildad, dirá Teresa, es "andar en Verdad", y esa Verdad no es otra que Dios, la humildad se aprende en el silencio contemplativo de esa Verdad... Sólo quien es humilde está capacitado para practicar la meditación del silencio; y sólo quien acalla su ego puede crecer en su verdadero ser, hecho a semejanza de quien se hizo el último de todos y el servidor de todos.
"Una vez estaba yo
considerando por qué razón era nuestro Señor tan amigo de esta virtud de la
humildad, y púsoseme delante -a mi parecer sin considerarlo, sino de presto-
esto: que es porque Dios es suma Verdad, y la humildad es andar en verdad, que
lo es muy grande no tener cosa buena de nosotros, sino la miseria y ser nada; y
quien esto no entiende, anda en mentira. A quien más lo entienda agrada más a
la suma Verdad, porque anda en ella. Plega a Dios, hermanas, nos haga merced de
no salir jamás de este propio conocimiento, amén". (6 M 10,7)
Aunque me hubiera gustado exponer este tema en directo y a viva voz, sé que no puede ser debido a al estado de alarma. La exposición es un tanto desbalazada y no me da tiempo a redactarla más narrativamente. Si alguno/a tiene dudas puede llamarme y hablaremos.
HONRA Y HUMILDAD
Teresa Hubo de sufrir durante su infancia y a lo largo de toda su vida, el estigma de ser considerada judeoconversa, o sea, una cristiana de segundo orden. En sus escritos ella habla mucho de “la honra”. ¿Resentimiento? Lo cierto es que nunca llega a reconocer ni poner en luz algo que ella sabía: su condición de nieta de converso judío, su abuelo Juan Sánchez .
De su matriz judeoconversa le vienen posiblemente su formación y afición a la lectura, su buen trato y conocimiento de mercaderes o su visión práctica de los negocios. También su crítica a la honra, lo que define como “puntos de honra”, “negra honra”, y que considera “oruga que carcome”, o “cadena que no hay lima que la quiebre”, puede ser fruto de esa reacción ante algo que, por experiencia familiar, considera a todas luces injusto. Ella se jacta en menospreciar la honra que viene del linaje. “Honra –dice Lope de Vega en Las partidas- es aquello que consiste en otro / ningún hombre es honrado por sí mismo /que la honra está en otro y no en sí mismo”, y Teresa no puede menos que ridiculizar ese concepto; ella destroza la apoyatura de la honra con una de sus mejores armas: la ironía. Un ejemplo: cuando visita Duruelo y encuentra a fray Antonio barriendo, le dice: “¿Qué es esto, mi padre? ¿Qué se ha hecho de la honra?” (obsérvese la maliciosa pregunta), a lo que el interpelado le contesta: “Yo maldigo el tiempo que la tuve”. respuesta transmitida con verdadero placer por la narradora en el libro de Las Fundaciones.
Podríamos alargarnos más en este tema de la honra, pero sirva lo dicho como muestra para hacer una valoración de la santa con respecto a la humildad. Ella dirá que la humildad es “andar en verdad”; claro que no se refería a “la verdad del mundo” (en este caso ella faltaría a la verdad ocultando su linaje) sino a la “verdad de Dios” o, más concretamente, a “la verdad que es Dios”. Sólo Dios es realmente digno de honra. Todo hombre, por muy importante que se precie, colocado frente a Dios, no es merecedor de honra alguna.
Se da cuenta la santa de que en el camino de perfección la “negra honra” es un obstáculo difícil de superar (cf Vida 31,20-21; Camino E 12,7). A la opinión del mundo contrapone la única a tener en cuanta, la de Dios (cf ya citado Vida, 37,5-6), y para ella la reforma está en no someterse a la honra del mundo, alcanzando así la libertad de “perder mil honras por Vos” (Camino 3,7; (2,5-7).
Han pasado los siglos, y puede parecernos que esto de la
honra es cosa de otros tiempos. Pero no cabe duda de que, con nombre distinto,
sigue presente. La podríamos llamar “cuidado de la propia imagen”. El culto al
cuerpo, la obsesión por ser admirados, la búsqueda de ascenso social, siguen
siendo aspiraciones comunes. Tal vez uno de los mayores problemas para crecer en humildad. El ego se ha apoderado de nuestra vida y resulta difícil la sinceridad con Dios y con uno mismo, es decir, la humildad, que no es otra cosa que estar en el justo centro de nuestra condición de hijos de Dios.
HUMILDAD Y SILENCIO
“Humildad es andar en verdad”. Esa verdad a la que la santa se refiere no es nuestra verdad, sino la Verdad que es Dios (Jesús dijo: "Yo soy la verdad"); se trata de vivir con transparencia ante Dios, de ser y andar en Cristo, de vivir sin vivir en mí sino en Él.
Cuando Adán peca el ego se empodera de su vida y se esconde a la mirada divina; la soberbia, su principal atributo, le hace huir de Dios porque pone al descubierto su equivocación. Teme se visto, porque teme la muerte, ya que el ego es la mentira y sometida a la luz de la Verdad queda totalmente desvalorizada y diluida.
Y aquí comienza la "huida de Dios" que no es sino huida de uno mismo. Si Dios no me deja ser –dice el ego- invento un Dios que me lo permita. Así el hombre fabrica en su mente un Dios adaptable a su soberbia. Ese Dios-ídolo suele ser tan engreído como su hacedor, tan falso como la oscuridad de sus intenciones, tan fantástico como sus delirios de grandeza. Es un Dios útil para justificar las propias miserias, para alcanzar la propia gloria y hacer soportable una vida que se pretende libre pero está programada para la esclavitud y el fracaso. La soberbia descarada, y más sutilmente, la falsa humildad, ofuscan la mirada e impiden ver la belleza de nuestra desnudez original, la hermosura que somos cuando nos despojamos de lo superfluo.
¿Cuál es entonces el camino de la humildad? Sin duda el camino de la nada y el silencio. Venir a nada para poseerlo todo. Para llegar a esa “nada”, que, en perspectiva cristiana, no es vacío sino plenitud, se requiere entrar en el silencio de todo lo que sean nostalgias de experiencias pasadas, conceptos sobre Dios y éxitos de nuestro ego. Ser humilde es abajamiento, kénosis, desaparición.
El hombre espiritual camina hacia la negación de sí para afirmarse en Otro. Tenemos un ejemplo evangélico en el Bautista. Ante el “yo soy” de Jesús, Juan pone el “yo no soy”. La existencia y el ser de Juan Bautista sólo tienen sentido en el Todo que es Jesús. “El tiene que crecer, y yo tengo que menguar” (Jn 3,30). Resulta coherente que Aquel que vino a servir y no a ser servido, a anonadarse en vez de a mostrarse en poder, sólo pueda ser hallado en la nada más absoluta, en la humildad. Es la paradoja cristiana, la Pascua, el acceso a la vida por la muerte.
La palabra humildad tiene su origen en el latín “humus” (tierra). Ser humildes es volver a la tierra de la que uno ha salido. Morir a lo que pretendo para vivir en lo que soy: divino. Cuando se inicia la Cuaresma se nos recuerda en la imposición de la ceniza el hecho de que somos tierra, humildad, y volveremos a la tierra para renacer de nuevo. Para ello necesitamos ejercitarnos en el silencio como acceso a la interioridad.
Lo externo, es decir, las ideas, deseos, egoísmos, es impermanente, y como todo lo pasajero incapaz de satisfacer nuestra sed de vida eterna. Para poder aspirar a ella hay que entrar dentro, algo sólo posible cuando lo exterior se silencia. Es un gozo encontrar una persona vacía del ruido de la soberbia, la vanidad, la envidia, la competitividad,… una persona sin ego, es decir, sin ambición, sin deseo de dominar, sin interés particular. Pues esa persona eres tú, ese es tu yo escondido tras las máscaras del ego. El camino de la humildad es el del silencio de todo lo exterior para tomar conciencia del propio ser. Ahí, en el fondo, en la séptima morada, no se mueve el ego, porque la persona que eres descansa en el Ser. “Que no tiemble vuestro corazón –dice Jesús- creed en mí y creed también… En la casa de mi Padre hay muchas moradas”, es decir, descansad en mí centro, en el más hondo silencio.
Hay una gran diferencia entre moverse en el plano del ruído (lo exterior), donde nuestro ego busca afirmarse con soberbia ante los demás, o moverse en el plano del silencio (lo interior), donde la conciencia humilde de ser en Dios te hace bienaventurado o bienaventurada. Ahí, en el fondo cristalino de la fuente que es tu ser, no existe el ansia de tener, ni el deseo de aparentar, ni la aspiración de mandar, ni el miedo a la muerte, porque la casa del Padre en la que habitas está edificada sobre roca, y ningún terremoto ni tormenta la hundirá.
Para llegar a esa casa no hay mapas ni etapas. A ella sólo se llega, o mejor: se accede, en el silencio humilde. El misterio del silencio es el camino, aunque en realidad “para el justo no hay camino”. Hasta en esto es pobre. El silencio es una esperanza, un advenimiento, una venida. “Es bueno esperar en silencio la venida del Señor”. Hallar a Dios es buscarlo siempre. Cada paso que tú das hacia Él, cada pregunta que te haces, no es sino respuesta a los pasos que ya Él ha dado hacia tí.
La práctica del silencio me va despojando de lo que me desquicia. ¿Qué es lo que me preocupa? ¿Merece la pena estar preocupado por esas cosas? Observa como al hacer silencio enseguida tu ego se remueve y quiere apartarte de él suscitando en ti imaginaciones, sentimientos e incluso dolores físicos para que no sigas por ese camino. ¡Qué tontería! ¿Silencio? ¡Como si no hubiera algo mejor que hacer! ¿Te vas a pasar la vida así, escondido, sin darte a conocer? ¡Con lo que tú vales! ¿No será mejor hacer algo práctico? Enseguida acuden a tu mente un montón de ocupaciones aparentemente más prácticas y necesarias; multitud de cosas que ni siquiera piensas que debes hacer cuando pierdes horas mirando la pantalla del móvil o la televisión. Ahí, alimentando tu ego, pasas muchas horas al día. Disperso, desquiciado, borracho de sueños, de juicios, de envidias, de aspiraciones vanas. Sé consciente de que es esto lo que te desquicia: tu falta de humildad, tus aspiraciones mundanas, el cuidado de tu honra.
BUSCANDO A DIOS EN LA VERDAD (HUMILDAD) DEL SILENCIO
Serena tu cuerpo y tu espíritu. Silencia tus deseos, tus ambiciones, “la honra” en lenguaje teresiano. Desdibuja en ti la imagen de Dios que interesadamente has ido figurando en tu mente. No necesitas nada de eso para subir al monte del Silencio, donde “solo mora honra y gloria de Dios” (Juan de la Cruz. Dibujo del monte).
En la práctica de la oración contemplativa y el silencio se esconde siempre un deseo de encontrar o encontrarse con Dios. Buscamos a Dios. Pero tengamos en cuenta que lo decisivo no es buscar a Dios con vehemencia. A menudo tras nuestra búsqueda de Dios se esconde una provocación, un “ponerle a prueba” (tentar). En realidad no busco a Dios sino a “mi Dios”; un Dios útil, que responda a mis expectativas, a mis necesidades. Sino ¿para qué quiero a Dios?, te dices. Este dios no existe, es proyección de tu soberbia. Se trata de un dios estresante, que acaba robándote incluso la poca paz y sosiego con que partes en la búsqueda: “Cuanto más tenerlo quise, con tanto menos me hallé” (Monte)
A Dios más que buscarlo hay que esperarlo. Recordad la respuesta del monje preguntado acerca de qué hace ahí tanto tiempo en silencio: “¡Estoy esperando al Amado de mi alma!”, respondió. Dios no se deja encontrar por los que le buscan con algún interés particular. Dice san Pablo citando a Isaías: “Fui hallado entre los que no me buscaban; me hice manifiesto a los que no preguntaban por mí”. (Is 65,1; Rm 10,20). Buscar a Dios vehementemente, con codicia, es un error. Para hallar a Dios es preciso humildad, una virtud eminentemente teologal. Santa Teresa dice que “humildad es andar en verdad”, pero entendiendo que esa verdad en la que anda el humilde es Dios mismo; sólo la experiencia de Dios, el encuentro con su grandeza y su bondad pueden descubrir mi pequeñez y hacerme gozar de su amor inmerecido y de crecer en humildad ante Él.
Esta enseñanza del Budismo nos puede ayudar a hacer nuestro silencio en este momento de las moradas en que santa Teresa nos invita a considerar la importancia de la humildad. Podemos buscar a Dios desde la soberbia de nuestras ideas queriendo encontrar a un Dios que a la postre sólo será la proyección de nuestras creencias religiosas o nuestros esquemas mentales. O incluso podemos asegurarnos en la demostración de que no existe porque no cabe en nuestros pesos y medidas. Ambas posturas no son sino una provocación, una ridícula afirmación de nuestro ego. La conclusión de estas búsquedas tan pobres la nombra así san Juan de la Cruz: “cuanto más buscarlo quise, con tanto menos me hallé” (Dibujo del monte).
También podemos callar. Hacer silencio. Si Dios es el incognoscible, el incomprensible, el inefable, el “más allá de todo”, si supera todos nuestros esquemas y capacidades, está claro que no puede ser abarcado por nuestras mente y nuestras medidas. Sólo puede ser esperado. Y para esto lo más conveniente es el silencio que asomas por el hueco de tu deseo de recibirle y gustarle. “En esta desnudez (silencio) –dice también san Juan- halla el espíritu quietud y descanso, porque como nada codicia, nada le impele hacia arriba, y nada le oprime hacia abajo, que está en el centro de su humildad. Que cuando algo codicia, en esto mismo se fatiga” (Dibujo del monte)
Entonces, me dirás: ¿por qué hablamos de Él? ¿Para qué la Biblia? ¿Qué sentido tienen las doctrinas? Y te respondo: todo esto no es sino el torpe esfuerzo humano por tematizar y expresar lo inexpresable. Y está bien. Porque hay un tiempo para reflexionar y pensar, otro para cantar y poetizar, otro para danzar y hacer música,… que exprese lo que se ha experimentado. Pero Dios siempre quedará más allá de nuestras pobres ideas, símbolos y palabras. “Consuélate, no me buscarías si no me hubieras encontrado” (B. Pascal, Pensées, 553). Hallar a Dios es buscarle siempre, porque él sólo se revela en la humildad de la búsqueda.
El Buda, como san Juan de la Cruz, recomienda el silencio como disposición para el encuentro con el Misterio. Esa debe ser también tu práctica: el silencio humilde que se sitúa “ante” y “en” la Verdad. El audio que mando unido a este texto quiere simplemente que te adentres en el Silencio que es Dios. Que tomes conciencia de que sólo desde la experiencia de Dios se puede entender la verdadera humildad, que no es un menosprecio de uno mismo, sino un aprecio tan alto por Dios que me lleva a sentirme pequeño pero feliz al ser mirado por Él.
Humildad es andar en Verdad. Que la meditación os sirva de apoyo para ese andar en humildad. Y que Santa María de Fátima, mujer humilde y que andó en la Verdad, nos sirva de intercesora y ejemplo.
Casto Acedo@gmail.com. Mayo 2020.





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