El desapego

Estamos en la segunda etapa de nuestro estudio-meditación. Si la primera etapa la podríamos poner bajo el verbo "prácticar" (hemos aprendido cómo se medita, qué sómos: cuerpo-alma-espíritu) a esta la podríamos llamar la etapa del "soltar". 


Y la  iniciamos considerando nuestro mundo interior como un  “espacio”. Y, según esta imagen espacial, tenemos la tarea de “abrir ese espacio” que es nuestra vida para crecer espiritualmente,  a fin de llegar a ser “lo que soy” (espacio de y para Dios) y vivir lo que estoy llamado a ser (unión con Dios, con el prójimo y con toda la creación). Tu camino apunta a una “invasión divina”,  tema  importante para ir abriendo una rendija de luz a fin de que la claridad de la sabiduría divina inunde tu interior.


El primer obstáculo para facilitar esa invasión es constatar que estás demasiado lleno de cosas, ideas y personas que te impiden ver y conocer tu verdadera identidad, tu "ser original". Hay que eliminar, pues, todo lo que obstruye, molesta e impide el ser tú mism@. Es necesario iniciar un camino de desapego. No puedes llenarte de Dios si antes no te vacías de otras cosas, como lo da a entender SJC cuando dice que  “Dios es como la fuente, de la cual cada uno coge como lleva el vaso” (2 S 21,2). Si Dios no cabe en tu vida es porque está llena de otras cosas; tu espacio no está siendo para Dios, y por ello tampoco para ti. Sólo Dios garantiza tu libertad. Más adelante profundizaremos en esto.


El camino espiritual se puede definir como un “camino de sabiduría”, que te acerca  progresivamente a la verdad que es Dios; es como un adentrarte en la estancia que tú mismo eres visitando tus moradas interiores hasta alcanzar la más interior  “adonde pasan las cosas de mucho secreto entre Dios y el alma” (Teresa de Jesús, 1 M 1,3), o también lo puedes ver como un proceso de liberación de los deseos que ocupan el lugar del único deseo que merece la pena. “Niega tus deseos y hallarás lo que desea tu corazón” (SJC Dichos, 15).


Negar tus deseos es desapegarte de ellos. El  mal no está en las ideas, cosas, personas, sino en el deseo de ellas, en el protagonismo que le concedemos. El deseo de algo provoca en nosotros una “atadura”, un  “apego” o un “aferramiento”. Visto desde esta perspectiva, el camino espiritual se puede denominar como un proceso o “camino de desapego”, de “soltar”, de “vaciar”, que empieza con lo más obvio: vaciarte, soltar las dependencias químicas (drogas), la de objetos, las obsesiones con personas, … y luego un soltar más sutil, que son las ideas, donde incluimos nuestro dogma personal (nuestra verdad sobre la vida). Este último es el último gran reto; soltar “mi verdad”, esa verdad que he conceptualizado y que al atarla a mis conceptos se aleja de la auténtica verdad (esto lo veremos más adelante). Se trata en este camino de seguir el consejo de Antonio Machado. “¿Tú verdad? No. / La verdad; /  y ven  conmigo a buscarla. La tuya ¡guárdatela”.

 

Desapego no es que tú no debas tener nada, sino que nada debe poseerte a ti. Nada te debe atar, ninguna idea, objeto o persona se debe apoderar de ti. Te relacionas con todo, pero no debes ceder tu empoderamiento personal, tu dominio sobre tu vida a cualquiera o a cualquier cosa. Sólo en Dios descansará tu alma (cf Salmo 61,2).


San Juan de la cruz, al hablar del desapego (a los apegos los llama "apetitos") que te adentra en la noche, dice algo que te puede ser muy útil meditar y asimilar:  

“No tratamos aquí  del carecer de las cosas, porque eso no desnuda al alma si tiene apetito de ellas, sino de la desnudez del gusto y apetito de ellas, que es lo que deja al alma libre y vacía de ellas, aunque las tenga. Porque no ocupan al alma las cosas de este mundo ni la dañan, pues no entra en ellas, sino la voluntad y apetito de ellas que moran en ella” (SJC. 1 S 3,4)

Las adicciones o apegos ocupan el alma y son semillas de inquietud y sinsentido. Ante adicciones como la droga o al juego se necesita una terapia adecuada. También para adicciones más espirituales, para relaciones insanas con personas  o con realidades espirituales aparentemente inocuas, se necesita una terapia adecuada. 


Y aquí conviene advertir de algo importante. Cuando te adentras en la práctica de meditación el apego inicial puede ser la misma práctica. Nos apegamos a las enseñanzas, las reflexiones, la práctica del silencio meditativo, por ejemplo, y en vez de ser un puro proceso espiritual lo convertimos en una empresa mundana de presunción (comparación con otros meditadores, envidias, celos, soberbia, etc.) o en un escape para nuestros problemas (meditación interesada, egoísta). Estas cosas generan aflicciones que hunden más que sanan.  Meditar no tiene ningún fin concreto, conduce a “nada”, simplemente ejercita la “apertura a lo que suceda”, a lo que sea la verdad por venir. Buena aspiración ésta para el tiempo de Adviento. 


El estudio, la meditación y las prácticas ascéticas no son un fin en sí mismos, son sólo un “medio hábil”, un instrumento del que echamos manos  para crecer; y llegará el momento en que no nos sirva y recurriremos a otra técnica o a otra enseñanza superior. No debes estancarte en ningún método o enseñanza.

 

¿Cómo discernir lo que te ata? Para saberlo puedes hacer una reflexión detenida sobre este aforismo:  Las cosas se adueñan de ti cuando les das el poder de hacerte feliz. Esta frase es toda una pista para saber cuando estamos entablando una relación inadecuada con objetos, personas o aficiones. Si queremos ser felices, con una felicidad auténtica y duradera, es preciso no dejarse atrapar en relaciones o experiencias pasajeras que roban la auténtica felicidad. Dijo Jesús que “donde está tu tesoro está tu corazón (vida) (Mt 6,21); si tu tesoro está en cosa tan baja como la satisfacción inmediata de  tus apetitos, ¿no estarás perdiendo la vida? ¿Pues de qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma?  (Mt 16,26). Si nos convertimos en adictos a experiencias mundanas pasajeras (v.g. alcohol, sexo, gula, dineros, …)  dependeremos de las cosas que las producen y ahí quedarnos estancados durante años, incluso décadas. Hay que vigilar y tener cuidado.


Pero también es importante, ahora que quieres iniciarte en un camino espiritual serio, que medites acerca de personas y prácticas sociales o religiosas en las que tienes  puesta tu felicidad: tu esposo o esposa, o tu amante, o tus hijos, o tu pertenencia una asociación benéfica, o tu práctica habitual de ritos religiosos. No se trata de demonizar a las personas o las prácticas en sí; se trata de sanar la relación enfermiza que puedes tener con ellas; si esta relación es de dependencia, es tóxica (¡ojo! es tóxica la relación no aquellas personas o cosas con las que te relacionas) hay que sanarla. Si te conviene alejarte de ellas y puedes hacerlo, deberías intentarlo hasta que se sane tu relación. Luego podrás volver a ella con un talante renovado.


Concluyendo


El primer paso de nuestro camino es liberarnos de toda relación tóxica, de lo que daña y enferma nuestra alma: objetos, sustancias, personas, actividades o conductas dañinas. También hay que procurar que las prácticas espirituales no sean una trampa, una jaula de oro, hermosa pero que te atrapa en vez de liberarte. ¡Cuidado con hacer de la meditación o de otras técnicas de desapego un apego más! Meditar, orar, no es ningún objetivo; sólo es un medio. Todo está en abrirse, soltar, vaciarse, para que la Vida (con mayúsculas) fluya. Cuando cumple su objetivo, “deja incluso que el remedio se vaya; si te aferras al remedio volverá la enfermedad"  (Atisha).

Es importante abrir la mente a los demás, a todas las criaturas de la creación, ser cada vez más inclusivos, vivir un amor cada vez más universal, dejando a un lado la obsesión por el propio bienestar. Hay que tratar a todos los seres por igual. Nosotros no somos especiales. Nuestra especialidad es ser iguales a los demás. Todos queremos ser respetados, tener relaciones santas y nobles; mis anhelos no son más valiosos e importantes que los de los demás. Yo no merezco más felicidad que los demás. Y este es uno de los desapegos más importantes que tenemos que soltar, el apego al propio yo, la obsesión por el propio bienestar que descarta a los demás.

Y lo último, lo más delicado que hemos de conseguir es liberarnos del apego a la verdad. Tememos tanto ser manipulados por creencias, por dogmas, porque alguien nos lave el cerebro, que no nos damos cuenta de que estamos atrapados en nuestro propio dogma (verdad) personal.  Tenemos una visión del mundo, de lo que somos, del propósito de la vida, y ahí estamos atascados, atrapados, encerrados. Las filosofías, también “nuestra filosofía de la vida”, no son la verdad.  El último desapego, el más delicado, es soltar la palabra (mi verdad escrita, mis conceptos, mis imágenes de la realidad, el dedo que señala la luna) para poder vivenciar la verdad (la luna misma, lo absoluto, Dios). Este es el último desapego.


Casto Acedo. 

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